(...) Los recres de barrio eran otra cosa. Muchos futbolines, frontones de palas, tenis de mesa de aire (que sólo expulsaban aire en las pelis, todos los que conocí yo era una simple superficie lisa), billares al final, pinballs y un tragadiscos. Allí estaba el jefe de los recres, el tipo que los llevaba. Siempre te dirigías a él como"jefe": "-jefe, deme cambio - jefe, la máquina no va- jefe, una cocacola de medio- jefe deme fichas".
Podría hablar de varios jefes de recreativos: el Turco, el Tío Pepe, el Kelos... pero todos tenían algo en común. Estaban siempre como a la expectativa, mirando de reojo para aquí y para allá; mientras tú les hablabas ellos nunca dejaban de controlar el percal. Se las tenían que ver con todo tipo de tangues: mecheros eléctricos que volvían locas a las pinball, flejes metálicos retorcidos para sacar la partida del futbolín y los frontones, desmadres en las mesas de billar que terminaban con sietes en el tapete, levantamientos de máquinas para dejarlas caer de golpe y que te diera más partidas, hostias al tragadiscos... Vivían en un contínuo estress. Eso los convertía en las personas más desconfiadas del mundo.
Cuando pedías cambio y entregabas tu moneda de cinco o diez duros, la miraban y apretaban como intentando comprobar su verdad o falsedad, y no digamos si dabas un billete de cien duros. Iban siempre desaliñados, mal afeitados, casposos, fumaban como la camella del bedu y te hablaban mal.
El turco, para dar más grima, tenía un matamoscas en su mesa con el que cada día montaba su Waterloo particular y disfrutaba viendo los numerosos cadáveres de moscas que yacían encima de la mesa o alrededor de ella. Cuando ya la cosa era de un asco superior incluso para él, las apartaba a manotazos despanzurrando alguna, y acto seguido, con esa misma mano te daba las chucherías que le habías pedido. Si pillaban a alguien in fraganti intentando algún tangue se ponían a chillar como locos mientras salían de su cuchitril con algún palo en la mano o algo similar, pero a los pocos pasos ya sabían que nunca pillarían al cabroncete y dejaban de correr, entre otras cosas porque su cuchitril era como un tesoro del cual no se podían alejar por riesgo a que en un santiamen les vaciaran el cambio o la caja de fichas, y mirando su fortín de soslayo volvían hacía atrás mientras lanzaban al aire su único recurso: "¡sé quien eres! ¡cuando vuelvas ya te arreglaré!"
Luego volvías a los dos días y no pasaba nada, no dejabas de ser negocio y eso ellos lo sabían, se hacían el longuis o te pegaban una suave regañina.
En fin, podría escribir páginas de ellos, era el empleo más freaky que he conocido nunca, y al ver el hueco de los billares Colón me han venido a la memoria con cierta nostalgia. Cuando desaparezcan los feriantes ambulantes habrá desaparecido por completo aquel tipo de currante del lumpen de mitad de siglo.
Diogenes
Resto en: El jefe de los recres
Imágenes prestadas de http://www.pinballhispano.net/

No pretendo construir una nueva democracia digital. Sólo dar rienda suelta a mis bajas pasiones, alborotar el gallinero y dar la lata tanto como pueda.

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